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Rodolfo M. Fattoruso es autor de dos libros de ensayos; uno de ellos tiene por propósito estudiar de la presencia francesa en el desarrollo de la cultura uruguaya a lo largo del siglo XIX: Francia-Uruguay. Historia de sus Confluencias ( editado por la Presidencia de la República, 1988). El otro trabajo, editado por Editorial Fin de Siglo, se titula Los Seres Queridos y es una colección de trabajos relativos a historia, filosofía y literatura con fuerte acento en la tradición clásica; hay allí textos que indagan sobre detalles o facetas inesperadas de Homero, Platón, Aristófanes, Eurípides, Shakespeare, Hegel, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Rilke, T.S. Eliot, Pound , Borges y William Faulkner, entre otros. Desde el año 1976 tiene una columna de crítica literaria en el Semanario Búsqueda; también ejerce esa función en Radio Sarandi. Anteriormente fue crítico de teatro, crítico de cine y editorialista y Redactor Responsable del diario El Día. Su presencia en los medios está dada también por su participación en el prestigioso programa HOLA GENTE que emite Canal 12 Teledoce Color En la actualidad, junto con la tarea de su Taller Cultural donde da clases colectivas y privadasse dedica a dar conferencias. |
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EL PARAISO DE JORGE LUIS BORGES Esta nota fue publicada por Rodolfo M. Fattoruso en Búsqueda al cumplirse 15 años de la muerte del gran poeta argentino. 1. Perspectiva. De las muchas maneras que se puede clasificar la perspectiva poética de ciertos escritores --tarea que solamente el ocio y la pedantería pueden emprender con apetito-- tenemos una que quizá nos permita aproximarnos con mayor lealtad a la elección literaria y existencial de Jorge Luis Borges: hay poetas que son, como bien lo enseñó Rimbaud, ladrones de fuego y hay poetas que, según la constancia de la afectividad de Proust, reconocen que los únicos paraísos que poseemos son los paraísos que hemos perdido. En el primer grupo notoriamente entrarían Homero, Shakespeare y enfáticamente Goethe; en la segunda familia Proust con merecidos títulos estaría a la cabeza, pero también Virgilio, Petrarca y también Dante. El clan de los usurpadores de fuego entiende que toda creación resulta de quitarle a los dioses aquello que anima al mundo; dicho de otra manera, para ellos toda creación es maravilla, es novedad, nos da todo cuanto soñamos y es asimilable a la faena divina. El grupo de los nostálgicos, en cambio, vendría a sostener que el arte es aquello que es capaz de devolvernos todo cuanto hemos perdido; todo cuanto ha quedado atrapado por nuestro corazón. Sin esfuerzo, Borges pertenece con holgura a estos dos posibles caminos. Hay en su arte ese arrebato sagrado capaz de inventar un mundo y de ponernos a sus lectores, con alma y todo, a poblarlo; y hay también ese dolor rebelde y afilado y sin consuelo que no quiere aceptar que el tiempo pasa y que al pasar devora y aniquila. Desde su primer libro (Luna de Enfrente; 1923) --en el que un muchacho de veinticuatro años sueña, inventa, pero también arde de nostalgia por las calles y los patios y los jardines y las mujeres que lo abandonaron-- hasta las últimas páginas que dictó -- eres nube, eres mar, eres olvido. Eres también aquello que has perdido (Los Conjurados, l985)--- en Borges están anudadas las dos sendas y logran inteferirse con admirable plasticidad; al punto que a veces se confunden, como ocurre en el cuento El Aleph, donde lo deliciosamente fantástico diríase que encubre (y solamente hace eso) una ilimitada herida sentimental. 2. Escritura. Si bien alcanzó su primera y más ruidosa fama como narrador de cuentos, este género lo abordó Borges en una época relativamente tardía de su vida intelectual y debió interrumpirlo cuando ese buitre llamado destino dio cuenta de sus ojos. Los primeros tres libros, y la mayoría de los últimos, son poesías. Un lugar importante en su producción lo ocupa, asimismo, la crítica literaria y la meditación filosófica. Una de las sorpresas que para cualquier lector atento deparan las obras de Borges, es la absoluta identidad que guardan sus códigos expresivos en los tres géneros que con luz ejerció. El narrador, es cierto, a menudo es asaltado por el pensador y encontramos piezas en las que la presentación y desarrollo de una tesis o de una idea parecería que con su voz desplazaran la voz propia de la exposición literaria. Esto, sin embargo, es una superficial impresión, puramente el efecto que el fenómeno tiene a primera vista; no bien se ahonda un poco en esos textos, se advierte que el autor quiso no meramente postular el asunto temático sino además producir un distanciamiento pensativo como parte del discurso dramático. Claro está que en el narrador está el poeta en todo momento. Hay cuentos --Hombre de la Esquina Rosada es uno de ellos-- en los que Borges alardea literalmente de su destreza poética. Aliteraciones, fraseos gemelos, ritmos vinculados en distintas escenas, cambios en la velocidad de la frase, nos informan de un tratamiento musical del texto. El poeta, obviamente, también está en el uso de algunas figuras y, más que nada, en la soltura con la que se sirve de los adjetivos. Es en este aspecto en el que, fuera de toda duda, la disponibilidades del poeta rinden mejores resultados al narrador. Un ejemplo: en el cuento La Forma de la Espada, el narrador, que también es protagonista, nos dice que persiguió a un personaje por negros corredores de pesadilla y por hondas escaleras de vértigo. Se aprecia aquí que la sencilla relación entre el adjetivo y el complemento confieren volumen espacial y textura psicológica a los objetos que designan; algo que llevaría un mayor despliegue si se quisiera describir lo que son en sí mismos esos corredores y esas escaleras y contar cuál es la ominosa función que están cumpliendo en la acción. Borges sale del problema con una sencilla y magistral frase que evoca, en su forma y función, los epítetos de Homero. Conviene precisar que en Borges el acto creativo de la palabra es uno en su gesto y en sus funciones. El poeta y el ensayista no dejan de nutrirse, a su vez, del talento del narrador. La organización del discurso dramático --el planteo, el ingreso de elementos extraños que disparan la acción, las llaves que abren camino a la peripecia o digresión, el conflicto central, la paciente elaboración de los climas de tensión en cada una de las partes, el aumento de clima para ingresar en el final y la contundente resolución o cierre del tema o de la idea-- está en la configuración de gran parte de sus poesías y, decididamente, en todos, absolutamente en todos sus ensayos y también en sus conferencias. Cada una de estas piezas, independientemente del interés de sus contenidos temáticos, es un atrapante espacio narrativo en el que facilmente el lector queda hechizado hasta la última línea. Pero --he aquí el rasgo fundamental-- esas oportunas interferencias dimanan de un único gesto del comunicador. Jorge Luis Borges --lo ha dicho, lo ha defendido en varias oportunidades-- considera que el mayor logro de la escritura literaria consiste en alcanzar el sonido inherente a la espontaneidad de la expresión oral. Escribir, en este sentido, es imitar fielmente las entonaciones, los declives y los acentos del habla; es, en rigor, remitirse a los remotos orígenes de la literatura. El peor error que podría cometer alguien que por primera vez se acerca a la obra de Borges es de únicamente leerlo; siendo que la belleza y la eficacia comunicativa las encontrará recién cuando se decida a pronunciar los textos. Advertirá, en ese caso, que el autor ligó las palabras y las frases en distintos planos de altura para que puedan ser dichas sin ningún esfuerzo. Quien emprende esta aventura es capaz de escuchar honda, milagrosamente la voz del autor. Decía Bergson que la misión de los grandes escritores consiste siempre en hacer olvidar al lector que están traficando y ordenando palabras. En la escritura hablada de Borges tiene lugar ese sortilegio; y el acto de la lectura --que es un goce intelectual-- se convierte así en un entero goce de los sentidos, donde las vibraciones de la voz y la velocidad de algunas letras en determinados giros sintácticos nos permiten hacer ingresar al cuerpo en las suntuosas regiones del espíritu. El vocablo mantra quizá favorezca una comprensión cercana de lo que tratramos de significar. 3-Final. Dos imperfectas modalidades de la mortificación practicó con insistencia Jorge Luis Borges en el curso de su demasiado larga existencia: una, la de haber afirmado que ciertos hombres, muy a pesar suyo--él, por ejemplo--, acaso son inmortales; otra, la de postular sin tristeza que su obra habría de ser imperiosamente corroída por el olvido.En ambas aprensiones se equivocó. No ocurrió lo mismo con otros temores: temió que su nombre se banalizara más allá de los dominios de la literatura, y efectivamente tuvo razón; temió ser legítimo merecedor del Premio Nobel y que sin embargo no se lo concedieran, y la Academia Sueca durante muchos años consiguió cumplimentarlo a ese respecto; temió que la inopia y la barbarie triunfaran en el mundo, y nadie puede desmentirlo hoy; temió, en fin, que la muerte, en lugar de sorprenderlo --como quería Julio César-- se le fuera anunciando día a día en el cuerpo y en las cosas, en la piedad de unos y en la hipocresía de otros, en los balbuceos, en los insomnios y en los temblores de las manos y del pensamiento, y fue así. Como Sócrates, como Lucrecio y como Hamlet, para ese acto definitivo se estuvo preparando desde siempre. No hay más que recorrer los desgarrados pasadizos de su poesía amorosa --sea la de los años jóvenes o las de su dilatado período de madurez-- y ciertas digresiones de muchos de su cuentos, para concluir que la melancolía y la fatal convicción del olvido lo estuvieron trabajando obsesisvamente en todas sus horas y en la permanente noche oscura de sus pensamientos. El acto ese de detener el corazón, que tuvo lugar en Ginebra el 14 de junio de l986, revistió el carácter de una simple e inútil formalidad. Nunca sabrá que se murió apenas por un rato. |
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ORACION
La nota que sigue es un ejemplo del tipo de análisis que reciben quienes se deciden a estudiar de cerca la Divina Comedia en el esquema de formación integral que propone el Taller Cultural de Rodolfo M. Fattoruso. Este trabajo lo publicó en el semanario Búsqueda- Eternamente se discutirá cuál es la cumbre de esa cumbre que es la Comedia que Dante nos ha prodigado. Eternamente los que se afanan por ver en el poema una enciclopedia fundacional de los valores del Occidente, dirán que los círculos del Infierno, donde están alojados los grandes ingenios de la antiguedad clásica, es la zona que mejor refleja el espíritu humanista del autor y sus grandes emociones culturales. Eternamente se afirmará que más allá de esas devociones, la culminación se encuentra en la temblorosa mano de Beatriz Pontinari llevando al poeta a las puertas del Paraíso y mostrándole la luz sin sombras que allí los aguarda. Eternamente se habrá de conjeturar que la despedida de Virgilio es uno de los momentos más extraños y soterradamente dolorosos de la narración. Eternamente, también, tendrá que decirse que el inicio del undécimo Canto del Purgatorio es uno de los momentos más gloriosos de la historia de nuestra cultura. Allí, Dante pronuncia y parafrasea la oración que un pescador metafórico dejó caer de sus labios al pie de la ladera de un monte, en Galilea, hace ya casi dos mil años. Y aunque pone las palabras en bocas de otros; aquéllos que vienen siguiendo el curso de la narración no tardan en descubir que es hondamente la voz del propio poeta la que se ahueca en las criaturas de su fabulación. Quienes en el drama dicen la oración son unas almas compungidas que Dante, con estupor, vio en el Canto anterior, al borde de un vertiginoso desfiladero. Esas almas están abatidas y se ven como dobladas por su propio peso; según Dante le hace decir a Virgilio la abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinar hacia el piso. Observa Dante que aquellas almas estaban soportando la carga de sus pecados semejante a la que cree uno llevar cuando sueña. Lo maravilloso de este pasaje que habremos de reproducir íntegramente es la operación literaria que ensaya el autor. Dante parafrasea el Padre Nuestro; toma esa oración y le interpola sus propios comentarios, amplificando así sus más íntimas connotaciones y revelando, de paso, las más sentidas convicciones del poeta. El texto --que hemos subrayado para señalar las interpolaciones-- reza así: Oh Padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros efectos; alabado sea tu nombre y tu poder por todas las criaturas, así como se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nosotros la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a pesar de nuestra inteligencia, si ella no viene a nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan cotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquél que más se afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada acual el mal que nos ha hecho padecer, perdónanos tú, benigno, sin mirar a nuestros méritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente se abate, contra el antiguo adversario, sino líbranos de él, que la tienta de tantos modos. No hacemos, ¡oh Señor amado! esta última súplica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan. Lo que Jesús enseñó a sus discípulos, lo que éstos finalmente transmitieron a través de los textos y de la tradición, Dante lo recoge, lo hace suyo y lo pone en el corazón de unos anónimos personajes de su Comedia. Lo hace, para poder expresar lo que vivamente siente: la certeza de su humilde condición humana; la grandeza que aprecia en su Creador; la cotidianeidad de las tentaciones a la que es sometida toda persona que, como él, eligió asumir su existencia en la intemperie que supone defender la libertad para sí y para sus semejantes; bajo cualquier circunstancia, oponiéndose --con frecuencia--a las injurias de los poderosos, al desdén de los mediocres y a las calumnias de la impaciente envidia. Dante --hay que entenderlo en todos sus términos-- ruega para seguir siendo el individuo que ha sido hasta entonces; para no perderse en las trampas ajenas; para no masticar nunca más el pan amasado por otros. Y más que eso: para no dejarse ganar por el comprensible abatimiento que el desengaño produce en el alma de los que todavía están vivos y luchan por el bien en esta vida y en este mundo. La suya, consecuentemente, no es una súplica, ni quiere serlo; sino toda una definición; una afirmación de su propia y rebelde identidad existencial. Desde esa tenaz urgencia nos confía su Oración. |
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